Enrique Gil Gilbert
Honré a mi madre. Veneré la memoria –sagrada– de mi padre. Di cuando pude dar y cuanto pude. Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.
¡Halalí!
Ya es inútil, viejos lobos de mar; asoleados, ennegrecidos nautas: nunca más vuestros pies se asentarán en tierra firme. Para vosotros –como para mí– el grito del cuervo trágico: Never more!
¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala. Y entretanto, elevaos a Dios con el pensamiento.
…Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.
¡Halalí!
Os pido, mujeres que me quisisteis, perdón si alguna vez hubo en mi vida un acto que os disgustó: madre mía, ancianita linda, vieja canosita y risueña en tu hamaca, de mecida corta; ñaña Felipa, de bravo nombre historiado, altota como eras, fea y sentimental; ñaña María Teresa, agria y bonita, cabecita loca y corazón de oro, que te fuiste al misterio en aquellas memorables “salidas de aguas” del 23… Digo adiós a vosotras dos que vivís, y a la difuntita digo, desentendido de mí mismo: “¡Ahí va eso!”
A vosotras también, mujeres que, sin estar ligadas a mí por vínculo de sangre, me reservasteis de exclusivo un rincón de corazón chiquito o grande, os diré la blanca palabra inexorable: ¡Adiós!
Sí, adiós. Adiós Clara Isabel, Antonieta, María Asteria, Fernanda…
No good bye… Till bye and bye only, Evelyn, my sweet blonde little girl!
Y hasta con usted, Gertrudis, que, no obstante haber doblado ya el tempestuoso cabo de Buena Esperanza de los cuarenta años, creyó que este mozalbete tonto, pero cazurro, que yo fui, casaría con usted por sus extensas plantaciones de cacao… Farewell!
—Gracias por esta boya que me das, ¡araucano de voz estrepitosa! Me la ajustaré al tronco como quien a una botella pone un marbete: por ella, sabrán que tuve la estupidez de embarcarme en este velero podrido que se llama –pomposamente– como mi bella ciudad “Perla del Pacífico” …Nada más. Porque pienso ahogarme a pesar de la boya. A menos que me proporcionéis un motor… Entiendo que la Isla del Muerto es la tierra más próxima, y cae –apenas– a ochenta millas inglesas a, barlovento… ¡Dobles gracias, pues, por el “salvavidas”!
—Pero, capitán, por Dios, ¿a qué hora, nos hundiremos por fin? Esla espera –como todas–resulta una tortura.
Líeme ya preparado a bien morir. De todos cuantos quise o me quisieron, me he despedido; a la sazón, hasta ellos habrá irradiado mi pensamiento, y lo habrán sentido como una “corazonada”.
—¿Qué le acontecerá a Gonzalo? —se dirán.
Unos rezarán; otros llorarán, todos –bien o mal– me encomendarán al Muy Alto. Gracias. Y otra vez, ¡adiós! …
Ah, pero en mi gran despedida te olvidaba a ti, Eugenia, morenita ojiverde que también sentiste –por m– amor de sufrir.
Te olvidaba. Perdóname.
Yo no te quise; más comprendí que tu amor fue lo más grande que hubo en mi vida. No rae preguntes –eso sí– porqué no te quise. A tu interrogación, no sabría cómo responder. Razones son esas del corazón.
Cuando mi prima Numancia llegó a los 14 años, se la llevó la tunda, sin más ni más.
La tunda es una bestia ignominiosa…La tunda es un aparecido… La tunda es el patica… La tunda es un fantasma…La tunda es un cuco…La tunda es el pata sola…La tunda es el ánima en pena de una viuda filicida…La tunda es inmunda…No se sabe a ciencia cierta…No se sabe…
“Sea lo que fuere, la tunda gusta de llevarse a los niños selva adentro, transformándose previamente en figuras amables y queridas para ellos. Con engaños diversos los atrae hábilmente y los “entunda”…Esta es la palabra. No hay otra”
Numancia lucía un lindo y raro color de melcocha y estaba ya bastante crecidita, pero como no era muy despierta, y carecía del don de observación, se dejó engañar por la tunda: no descubrió a tiempo su deforme pata coja de molinillo a la luz del crepúsculo, ni reconoció que esa mujer no podría ser su madre desaparecida también misteriosamente años atrás…No vio nada. Numancia salió a buscar unos pavos que no habían entrado a dormir en el gallinero ni había subido tampoco el palo de hobo que estaba detrás de la casa. Sabido es que los pavos son andariegos y desmemoriados, y hay que arrearlos y guiarlos siempre para que vuelvan al hogar.
Sí, Numancia era una bella niña, pero a veces se me antojaba muy semejante a una pavita. Yo tenía tres años menos que ella, y éramos compañeros de diversiones infantiles. Pero llegó un momento en que no interesó más por nuestros juegos y eso me entristeció bastante, no tanto como aquella tarde en que se la cargó la tunda.
Fuimos todos a buscarla, acompañados de cinco perros cazadores para rastrearla. Su padre salió con una carabina y un machete. Nuestro único peón, el tuerto Pedro, con una hacha; mi primo Rodrigo con una vieja escopeta de dos cañones, y yo con un garrote, una catapulta de jebe y un cortaplumas de varios servicios. Desconcertados por el golpe, todos llevábamos una muda de ropa de repuesto, y algo de comer, porque no sabíamos cuánto tiempo permaneceríamos en los centros de las montañas, persiguiendo a la condenada tunda que, según afirman los muy conocedores de los secretos del monte, tiene su guarida entre espineros y guaduales.
Primeramente nos dirigíamos a las casas de los vecinos de otras fincas a lo largo del río: ¿Han visto por aquí a Numancia?
A la luz de nuestros lúgubres mecheros, los negros meneaban negativamente la cabeza, mordiendo sus grandes cachimbas en la boca, sorprendidos por la noticia de esta nueva hazaña de la tunda, y las negras, alarmadas, recomendaban prudencia y buen comportamiento a sus hijos, poniendo el ejemplo de Numancia.
A eso de media noche, ya cansados, preguntamos por fin al mismo río, y el río nos contestó entre murmullos y reflejos, que la tunda huye de las aguas profundas, y que más bien prefiere los arroyos donde puede coger con sus peludas garras, camarones y pecesitos que obliga a comer crudos a sus víctimas hasta ponerlos pálidos y murichentos. El río nos dijo también que la tunda tiene la sucia costumbre de tirarse ventosidades en el rostro de los niños secuestrados, para atontarlos y hacerles perder la memoria.
Cuando el río habló de esta manera, yo sentí miedo y todos optamos por regresarnos a casa. Al día siguiente emprendimos nuestra segunda búsqueda, con más gente y mejor aperados con sogas. Hamacas y ropas de campaña, a más de lo que habíamos tomado la noche anterior…
Los perros latían delante de nosotros, llenándonos de vagas esperanzas. Preguntamos a las lechuzas trasnochadoras:
¿Han visto por aquí a Numancia y a la tunda?
Las lechuzas somnolentas dijeron que no con sus redondos y castaños ojos fijos.
Interrogamos a loros escandalosos y ellos por toda respuesta repitieron nuestra pregunta como un eco: “¿Han visto por aquí a Numancia y a la tunda?”
Cuando averiguamos a los monos aulladores, desde los altos guabos cargaditos soltaron una carcajada y se rascaron los traseros.
Toda la fauna contestaba complicitariamente con un son: no, no y no.
Pero yo no desesperaba y me puse a investigar por mi cuenta a las plantas; a la irritante gualanga, al negro corazón del guayacán, a la rampira que cobija, al milagroso llantén, a la dócil malvaloca, al palo de la balsa, a los yarumos anillados, a las floridas acacias y todos respondieron que sí habían sentido pasar a Numancia, acompañada de la horrenda tunda.
Cuando yo comuniqué a mis compañeros el resultado de mis averiguaciones, se rieron de mí y tomaron otro rumbo.
Muchacho loco-me dijeron, las plantas no hablan.
Aquella noche dormimos trepados y amarrados a los árboles por miedo a las fieras que no se dejaban interrogar a no ser que alguno de nosotros se ofrendara como un sacrificio a sus dioses; pero nuestro amor por Numancia no llegaba hasta allá.
Al amanecer, reemprendimos nuestra exploración, y sin proponérselo, los mayores retomaron el mismo camino que me habían indicado mis amigas las plantas, cosa que me llenó de contento y orgullo.
Cuando mi tío inquirió a una culebra sayama, ésta le contestó silbando que sí había visto a Numancia: bañándose desnuda en una laguna como la diosa Ochún- que es loca por el agua y el amor, a dos leguas de allí, pero vigilada siempre por la misteriosa tunda.
Abriéndonos una trocha, a golpe de machete, por entre bejucos y trepadoras de los grandes árboles, llegamos al atardecer, agotados y sucios, a orillas de un lago desconocido, cristalino y poco profundo. Después de bucear en aquellas aguas y rebuscar por las orillas, encontramos un trozo del vestido lila de Numancia…pero nada más.
Su padre empezó a llorar como un niño. Y viéndolo así, a todos se les partió el pecho.
Ángel Felicísimo Rojas
(1909-2003)
ecuatorino-lojano
"El éxodo de Yangana"
¿Pero qué es lo que pasa? -se preguntaba, por enésima vez, Joaquín Reinoso, en su solitario refugio de Palanda-. ¿Qué pasa al fin? Desde el medio día ha estado inquieto. En la hora de la siesta, en que la manigua ardiente se adormece, los sentidos vigilantes del hombre, que vivían montando temerosa guardia desde hacía dos años, creyeron percibir una vaga vibración del suelo, que se propagaba fina y discretamente desde la distancia. lse fué el primer mensaje. Suspendió un momento su tarea. Instantáneamente se apagó Ja vibración del machete entre las ramas. Escuchó, poniendo ~n tensión toda su vida, tratando de percibir y diterenciar. Porque nunca faltan en la selva -lo sabía él- los intermitentes balbuceos de un lenguaje que el hombre familiarizado con la sombra de sus altas copas conoce muy bien: Una rama que se desgaja, un árbol que se viene abajo lentamente, demorando a veces días enteros a medida que van cediendo las raíces y las ramas chafadas de los otros, un tropel de saínos que pasa, una piara de dantas perseguidas por el puma, una bandada de monos o de pájaros que huyen, se refocilan o se quejan; la voz del viento, el bramido del río, hasta el mudo avance de la neblina, la convulsión de la tormenta que estalla a lo lejos, sobre las copas. l!:l hombre avezado los interpreta todos y mide intuitivamente las distancias. No son raros en él ciertos estados 10 ANGEL F. ROJAS orgánicos incomprensibles que se caracterizan por un erizamiento de pánico, durante los cuales los sentidos consumen más energía nerviosa, hasta fatigar horriblemente a su dueño y recobran, en compensación, una fulgurante viveza ancestral. En tanto transcurren estos momentos que parecen de morbosa excitación, el cuerpo entero, convertido en un vasto y delicado receptáculo que condensa en toda su superficie las modificaciones del mundo exterior, se asemeja a un grande, a un inmenso sentido total, hecho de la fusión de los cinco. Tan extraña integración asume una potencia de percepción inverosímil. Es capaz, en alguna ocasión, de ver anticipadamente. Y consigue, no solamente entender y localizar en la distancia los ruidos lejanos, sino acertar incluso con la dirección de donde proceden. Pero resultaba indispensable diferenciar a fondo, pues los primeros datos que llegaban a su percepción parecíanle increíbles. Se tendió por primera vez de costado, pegando el oído a la tierra desnuda. Y se irguió nervioso, asustado por una amenaza cuya naturaleza, pese a su penetración de la selva, no alcanzaba a comprender trase una trepidación de rebaño, de cascos de solípedos; de talones humanos. Nunca la oscura vibración telúrica había anteriormente hablado así a sus sentidos. Y a medida que la tarde ha ido empujando el sol hacia las copas de los árboles del oeste, tras los cuales parece ir a pasar la ·noche, el ruido, las emocione9 inefables, que anticipan la presencia humana, han ido tornándose más y más patentes. "Tanto, que, a continuación de su sexta pegada al suelo, ya sin sombra de duda, ha vuelto al rancho, a confirmarle a su mujer la evidencia de lo que fuera su sospecha al mediodía. -El ruido que he estado oyendo toda la tarde es de gente, Rosa Elvira -dice, mientras sube pausadamente las traviesas de su escalera de guadúa-. Acabo de percibirlo ya más clarito. Y parece que es mucha gente. Un tropel de gente. Y que vienen también con animales, con muchos animales. ¡Viven por ahí, por donde vinimos nosotros, en busca del río! EL EXOOO DE Y ANGANA 11 -¿No serán jíbaros, tal vez? -pregunta la mujer, con su voz cantarina y mimosa, en trance de parecer serena. -¿Los jíbaros con caballos? ¿Acaso ellos tienen caballos? ¿Los jíbaros con vacas ... ? No son jíbaros. Y al cabo de un largo silencio, durante el cual el hombre ha estado en la hamaca balanceándose pensativo, con las manos sobre las rodillas: -¡No; no son jíbaros! Nueva pausa.
Joaquín Gallegos Lara
(1909-1947)
ecuatoriano-guayaquileño
"Las cruces sobre el agua"
La calle herbosa, de pocas casas y covachas, y de solares
vacíos, no era casi más que un entrante de la sabana. Alfredo Baldeón corría,
rodando un zuncho. El sol se ocultaba tras los cerros de Chongón. ¿Qué habría
dentro del sol? La señora Petita, la dueña de la covacha, decía que el sol era
una tierra, la primera que creó el Niño
cuarto y se echó de bruces cara a la almohada. Acababa de
aprender a no considerar extraño el dolor de los demás. Desde ese día ella y
sus ñañas llamaban por el claustro, a las horas de comer, a las chicas vecinas.
— Germania... Meche...
— No se molesten. Pero si ya...
— Tomen, tomen no más. No es sino un bocadito.
— Sí coge, coge, para tu ñaño chico.
El Himno se escuchó un poco menos. Germania jugó otra vez
con Violeta. Pero a ésta no se le desprenderían ya sus ojos, en el instante en
que le negó las ciruelas. Aún ahora, al encontrarla, los creía ver iguales.
— Esto casi insignificante conmovió mis nueve años.
Alfonso hubiera querido besarte las manos lentamente, mas,
por momentos, cruzaban presencias tras los encajes de las cortinas.
— A la misma edad también yo tuve una conmoción. No como la
tuya, lección de amor, aunque dura,
— ¡Pero allá adentro el arriendo nos come vivos: los dueños
de casa son peor que las ratas del muladar!
Al anochecer, al alejarse las carretas, estallaba la lucha por la basura recién volcada, que traía más vida. La quemazón alumbraba azufrada, electrizada, rojiza. Los chanchos, arqueando el lomo, gruñendo, peleaban a mordiscos con los perros. Un anciano de cara de santo, a cuyas barbas y calva sólo faltaba un halo, sentado sobre su alforja, roía un hueso.
Demetrio Aguilera Malta
(1909-1981)
ecuatoriano-guayaquileño
"Don Goyo"





