jueves, 29 de febrero de 2024

PRODUCCIÓN LITERARIA DE ESCRITORES DE LA GENERACIÓN DEL 30 - REALISMO SOCIAL

 Enrique Gil Gilbert 


(1912-1973)

ecuatoriano-guayaquileño

"El malo"

Duérmase niñito,
duérmase por Dios;
duérmase niñito
que allí viene el cuco,
¡ahahá! ¡ahahá!

Y Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca, tratando de arrullar a su hermanito menor.
—¡Er moro!
Así lo llamaban porque hasta muy crecido había estado sin recibir las aguas bautismales.
—¡Er moro! ¡Jesú, qué malo ha de ser!
—¿Y nuá venío tuabía la mala pájara a gritajle?
—Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare...
—No: le saca los ojitos ar moro.

San José y la virgen
fueron a Belén
a adorar al niño
y a Jesús también.
María lavaba,
San José tendía
los ricos pañales
que el niño tenía,
¡ahahá! ¡ahahá!

Y seguía meciendo. El cuerpo medio torcido, más elevada una pierna que otra, sólo la más prolongada servía de palanca mecedora. En los labios un pedazo de res: el “rompe camisa”.
Más sucio y andrajoso que un mendigo, hacía exclamar a su madre:
—¡Si ya nuai vida con este demonio! ¡Vea: si nuace un ratito que lo hei bestío y ya anda como de un mes!
Pero él era impasible. Travieso y malcriado por instinto. Vivo; tal vez demasiado vivo.
Sus pillerías eran porque sí. Porque se le antojaba hacerlo.
Ahora su papá y su mamá se habían ido al desmonte. Tenía que cocinar. Cuidar a su hermanito. Hacerlo dormir, y cuando ya esté dormido, ir llevando la comida a sus taitas. Y lo más probable era que recibiera su cueriza.
Sabía sin duda lo que le esperaba. Pero aunque ya el sol “estaba bastante paradito”, no se preocupaba de poner las ollas en el fogón. Tenía su cueriza segura. Pero ¡bah!
¿Qué era jugar un ratito?... Si le pagaban le dolería un ratito y... ¡nada más! Con sobarse contra el suelo, sobre la yerba de la virgen...
Y  viendo que el pequeño no se dormía se agachó; se agachó hasta casi tocarle la nariz contra la de él.
El bebé, espantado, saltó, agitó las manecitas. Hizo un gesto que lo afeaba y quiso llorar.
—¡Duérmete! —ordenó.
Pero el muy sinvergüenza en lugar de dormirse se puso a llorar.
—Vea ñañito: ¡duérmase que tengo que cocinar!
Y  empleaba todas las razones más convincentes que hallaba al alcance de su mentalidad infantil.
El bebé no hacía caso.
Recurrió entonces a los métodos violentos.
—¿No quieres dormirte? ¡Ahora verás! Cogiólo por los hombritos y lo sacudió.
—¡Si no te duermes verás!
Y más y más lo sacudía. Pero el bebé gritaba y gritaba sin dormirse.
—¡Agú! ¡Agú! ¡Agú!
—Parece pito, de esos pitos que hacen con cacho e toro y ombligo de argarrobo.
Y  le parecía bonita la destemplada y nada simpática musiquita.
¡Vaya! Qué gracioso resultaba el muchachito, así, moradito, contrayendo los bracitos y las piernitas para llorar.

José de la Cuadra


(1903-1941)

           ecuatoriano-guayaquileño

"El amor que dormía…"

Honré a mi madre. Veneré la memoria –sagrada– de mi padre. Di cuando pude dar y cuanto pude. Prediqué que la misión del hombre es la del árbol: florecer –para alegrar los ojos– y fructificar –para, satisfacer ajenas ansias… Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Ya es inútil, viejos lobos de mar; asoleados, ennegrecidos nautas: nunca más vuestros pies se asentarán en tierra firme. Para vosotros –como para mí– el grito del cuervo trágico: Never more!

¿A qué luchar? Esperad –como yo lo hago– que la hora llegue, escrutando en el recuerdo, en la honda sima, del recuerdo, las huellas de la vida mala. Y entretanto, elevaos a Dios con el pensamiento.

…Jamás ojos algunos lloraron por mi culpa.

¡Halalí!

Os pido, mujeres que me quisisteis, perdón si alguna vez hubo en mi vida un acto que os disgustó: madre mía, ancianita linda, vieja canosita y risueña en tu hamaca, de mecida corta; ñaña Felipa, de bravo nombre historiado, altota como eras, fea y sentimental; ñaña María Teresa, agria y bonita, cabecita loca y corazón de oro, que te fuiste al misterio en aquellas memorables “salidas de aguas” del 23… Digo adiós a vosotras dos que vivís, y a la difuntita digo, desentendido de mí mismo: “¡Ahí va eso!”

A vosotras también, mujeres que, sin estar ligadas a mí por vínculo de sangre, me reservasteis de exclusivo un rincón de corazón chiquito o grande, os diré la blanca palabra inexorable: ¡Adiós!

Sí, adiós. Adiós Clara Isabel, Antonieta, María Asteria, Fernanda…

No good bye… Till bye and bye only, Evelyn, my sweet blonde little girl!

Y hasta con usted, Gertrudis, que, no obstante haber doblado ya el tempestuoso cabo de Buena Esperanza de los cuarenta años, creyó que este mozalbete tonto, pero cazurro, que yo fui, casaría con usted por sus extensas plantaciones de cacao… Farewell!

—Gracias por esta boya que me das, ¡araucano de voz estrepitosa! Me la ajustaré al tronco como quien a una botella pone un marbete: por ella, sabrán que tuve la estupidez de embarcarme en este velero podrido que se llama –pomposamente– como mi bella ciudad “Perla del Pacífico” …Nada más. Porque pienso ahogarme a pesar de la boya. A menos que me proporcionéis un motor… Entiendo que la Isla del Muerto es la tierra más próxima, y cae –apenas– a ochenta millas inglesas a, barlovento… ¡Dobles gracias, pues, por el “salvavidas”!

—Pero, capitán, por Dios, ¿a qué hora, nos hundiremos por fin? Esla espera –como todas–resulta una tortura.

Líeme ya preparado a bien morir. De todos cuantos quise o me quisieron, me he despedido; a la sazón, hasta ellos habrá irradiado mi pensamiento, y lo habrán sentido como una “corazonada”.

—¿Qué le acontecerá a Gonzalo? —se dirán.

Unos rezarán; otros llorarán, todos –bien o mal– me encomendarán al Muy Alto. Gracias. Y otra vez, ¡adiós! …

Ah, pero en mi gran despedida te olvidaba a ti, Eugenia, morenita ojiverde que también sentiste –por m– amor de sufrir.

Te olvidaba. Perdóname.

Yo no te quise; más comprendí que tu amor fue lo más grande que hubo en mi vida. No rae preguntes –eso sí– porqué no te quise. A tu interrogación, no sabría cómo responder. Razones son esas del corazón.


Adalberto Ortiz


(1914-2003)

ecuatoriano-esmeraldeño

"La entundada"

Cuando mi prima Numancia llegó a los 14 años, se la llevó la tunda, sin más ni más.

La tunda es una bestia ignominiosa…La tunda es un aparecido… La tunda es el patica… La tunda es un fantasma…La tunda es un cuco…La tunda es el pata sola…La tunda es el ánima en pena de una viuda filicida…La tunda es inmunda…No se sabe a ciencia cierta…No se sabe…

“Sea lo que fuere, la tunda gusta de llevarse a los niños selva adentro, transformándose previamente en figuras amables y queridas para ellos. Con engaños diversos los atrae hábilmente y los “entunda”…Esta es la palabra. No hay otra”

Numancia lucía un lindo y raro color de melcocha y estaba ya bastante crecidita, pero como no era muy despierta, y carecía del don de observación, se dejó engañar por la tunda: no descubrió a tiempo su deforme pata coja de molinillo a la luz del crepúsculo, ni reconoció que esa mujer no podría ser su madre desaparecida también misteriosamente años atrás…No vio nada. Numancia salió a buscar unos pavos que no habían entrado a dormir en el gallinero ni había subido tampoco el palo de hobo que estaba detrás de la casa. Sabido es que los pavos son andariegos y desmemoriados, y hay que arrearlos y guiarlos siempre para que vuelvan al hogar.

Sí, Numancia era una bella niña, pero a veces se me antojaba muy semejante a una pavita. Yo tenía tres años menos que ella, y éramos compañeros de diversiones infantiles. Pero llegó un momento en que no interesó más por nuestros juegos y eso me entristeció bastante, no tanto como aquella tarde en que se la cargó la tunda.

Fuimos todos a buscarla, acompañados de cinco perros cazadores para rastrearla. Su padre salió con una carabina y un machete. Nuestro único peón, el tuerto Pedro, con una hacha; mi primo Rodrigo con una vieja escopeta de dos cañones, y yo con un garrote, una catapulta de jebe y un cortaplumas de varios servicios. Desconcertados por el golpe, todos llevábamos una muda de ropa de repuesto, y algo de comer, porque no sabíamos cuánto tiempo permaneceríamos en los centros de las montañas, persiguiendo a la condenada tunda que, según afirman los muy conocedores de los secretos del monte, tiene su guarida entre espineros y guaduales.

Primeramente nos dirigíamos a las casas de los vecinos de otras fincas a lo largo del río: ¿Han visto por aquí a Numancia?

A la luz de nuestros lúgubres mecheros, los negros meneaban negativamente la cabeza, mordiendo sus grandes cachimbas en la boca, sorprendidos por la noticia de esta nueva hazaña de la tunda, y las negras, alarmadas, recomendaban prudencia y buen comportamiento a sus hijos, poniendo el ejemplo de Numancia.

A eso de media noche, ya cansados, preguntamos por fin al mismo río, y el río nos contestó entre murmullos y reflejos, que la tunda huye de las aguas profundas, y que más bien prefiere los arroyos donde puede coger con sus peludas garras, camarones y pecesitos que obliga a comer crudos a sus víctimas hasta ponerlos pálidos y murichentos. El río nos dijo también que la tunda tiene la sucia costumbre de tirarse ventosidades en el rostro de los niños secuestrados, para atontarlos y hacerles perder la memoria.

Cuando el río habló de esta manera, yo sentí miedo y todos optamos por regresarnos a casa. Al día siguiente emprendimos nuestra segunda búsqueda, con más gente y mejor aperados con sogas. Hamacas y ropas de campaña, a más de lo que habíamos tomado la noche anterior…

Los perros latían delante de nosotros, llenándonos de vagas esperanzas. Preguntamos a las lechuzas trasnochadoras:

¿Han visto por aquí a Numancia y a la tunda?

Las lechuzas somnolentas dijeron que no con sus redondos y castaños ojos fijos.

Interrogamos a loros escandalosos y ellos por toda respuesta repitieron nuestra pregunta como un eco: “¿Han visto por aquí a Numancia y a la tunda?”

Cuando averiguamos a los monos aulladores, desde los altos guabos cargaditos soltaron una carcajada y se rascaron los traseros.

Toda la fauna contestaba complicitariamente con un son: no, no y no.

Pero yo no desesperaba y me puse a investigar por mi cuenta a las plantas; a la irritante gualanga, al negro corazón del guayacán, a la rampira que cobija, al milagroso llantén, a la dócil malvaloca, al palo de la balsa, a los yarumos anillados, a las floridas acacias y todos respondieron que sí habían sentido pasar a Numancia, acompañada de la horrenda tunda.

Cuando yo comuniqué a mis compañeros el resultado de mis averiguaciones, se rieron de mí y tomaron otro rumbo.

Muchacho loco-me dijeron, las plantas no hablan.

Aquella noche dormimos trepados y amarrados a los árboles por miedo a las fieras que no se dejaban interrogar a no ser que alguno de nosotros se ofrendara como un sacrificio a sus dioses; pero nuestro amor por Numancia no llegaba hasta allá.

Al amanecer, reemprendimos nuestra exploración, y sin proponérselo, los mayores retomaron el mismo camino que me habían indicado mis amigas las plantas, cosa que me llenó de contento y orgullo.

Cuando mi tío inquirió a una culebra sayama, ésta le contestó silbando que sí había visto a Numancia: bañándose desnuda en una laguna como la diosa Ochún- que es loca por el agua y el amor, a dos leguas de allí, pero vigilada siempre por la misteriosa tunda.

Abriéndonos una trocha, a golpe de machete, por entre bejucos y trepadoras de los grandes árboles, llegamos al atardecer, agotados y sucios, a orillas de un lago desconocido, cristalino y poco profundo. Después de bucear en aquellas aguas y rebuscar por las orillas, encontramos un trozo del vestido lila de Numancia…pero nada más.

Su padre empezó a llorar como un niño. Y viéndolo así, a todos se les partió el pecho.


Ángel Felicísimo Rojas

(1909-2003)

ecuatorino-lojano

"El éxodo de Yangana"

¿Pero qué es lo que pasa? -se preguntaba, por enésima vez, Joaquín Reinoso, en su solitario refugio de Palanda-. ¿Qué pasa al fin? Desde el medio día ha estado inquieto. En la hora de la siesta, en que la manigua ardiente se adormece, los sentidos vigilantes del hombre, que vivían montando temerosa guardia desde hacía dos años, creyeron percibir una vaga vibración del suelo, que se propagaba fina y discretamente desde la distancia. lse fué el primer mensaje. Suspendió un momento su tarea. Instantáneamente se apagó Ja vibración del machete entre las ramas. Escuchó, poniendo ~n tensión toda su vida, tratando de percibir y diterenciar. Porque nunca faltan en la selva -lo sabía él- los intermitentes balbuceos de un lenguaje que el hombre familiarizado con la sombra de sus altas copas conoce muy bien: Una rama que se desgaja, un árbol que se viene abajo lentamente, demorando a veces días enteros a medida que van cediendo las raíces y las ramas chafadas de los otros, un tropel de saínos que pasa, una piara de dantas perseguidas por el puma, una bandada de monos o de pájaros que huyen, se refocilan o se quejan; la voz del viento, el bramido del río, hasta el mudo avance de la neblina, la convulsión de la tormenta que estalla a lo lejos, sobre las copas. l!:l hombre avezado los interpreta todos y mide intuitivamente las distancias. No son raros en él ciertos estados 10 ANGEL F. ROJAS orgánicos incomprensibles que se caracterizan por un erizamiento de pánico, durante los cuales los sentidos consumen más energía nerviosa, hasta fatigar horriblemente a su dueño y recobran, en compensación, una fulgurante viveza ancestral. En tanto transcurren estos momentos que parecen de morbosa excitación, el cuerpo entero, convertido en un vasto y delicado receptáculo que condensa en toda su superficie las modificaciones del mundo exterior, se asemeja a un grande, a un inmenso sentido total, hecho de la fusión de los cinco. Tan extraña integración asume una potencia de percepción inverosímil. Es capaz, en alguna ocasión, de ver anticipadamente. Y consigue, no solamente entender y localizar en la distancia los ruidos lejanos, sino acertar incluso con la dirección de donde proceden. Pero resultaba indispensable diferenciar a fondo, pues los primeros datos que llegaban a su percepción parecíanle increíbles. Se tendió por primera vez de costado, pegando el oído a la tierra desnuda. Y se irguió nervioso, asustado por una amenaza cuya naturaleza, pese a su penetración de la selva, no alcanzaba a comprender trase una trepidación de rebaño, de cascos de solípedos; de talones humanos. Nunca la oscura vibración telúrica había anteriormente hablado así a sus sentidos. Y a medida que la tarde ha ido empujando el sol hacia las copas de los árboles del oeste, tras los cuales parece ir a pasar la ·noche, el ruido, las emocione9 inefables, que anticipan la presencia humana, han ido tornándose más y más patentes. "Tanto, que, a continuación de su sexta pegada al suelo, ya sin sombra de duda, ha vuelto al rancho, a confirmarle a su mujer la evidencia de lo que fuera su sospecha al mediodía. -El ruido que he estado oyendo toda la tarde es de gente, Rosa Elvira -dice, mientras sube pausadamente las traviesas de su escalera de guadúa-. Acabo de percibirlo ya más clarito. Y parece que es mucha gente. Un tropel de gente. Y que vienen también con animales, con muchos animales. ¡Viven por ahí, por donde vinimos nosotros, en busca del río! EL EXOOO DE Y ANGANA 11 -¿No serán jíbaros, tal vez? -pregunta la mujer, con su voz cantarina y mimosa, en trance de parecer serena. -¿Los jíbaros con caballos? ¿Acaso ellos tienen caballos? ¿Los jíbaros con vacas ... ? No son jíbaros. Y al cabo de un largo silencio, durante el cual el hombre ha estado en la hamaca balanceándose pensativo, con las manos sobre las rodillas: -¡No; no son jíbaros! Nueva pausa.

Joaquín Gallegos Lara

(1909-1947)

ecuatoriano-guayaquileño

"Las cruces sobre el agua"

La calle herbosa, de pocas casas y covachas, y de solares vacíos, no era casi más que un entrante de la sabana. Alfredo Baldeón corría, rodando un zuncho. El sol se ocultaba tras los cerros de Chongón. ¿Qué habría dentro del sol? La señora Petita, la dueña de la covacha, decía que el sol era una tierra, la primera que creó el Niño

cuarto y se echó de bruces cara a la almohada. Acababa de aprender a no considerar extraño el dolor de los demás. Desde ese día ella y sus ñañas llamaban por el claustro, a las horas de comer, a las chicas vecinas.

— Germania... Meche...

— No se molesten. Pero si ya...

— Tomen, tomen no más. No es sino un bocadito.

— Sí coge, coge, para tu ñaño chico.

El Himno se escuchó un poco menos. Germania jugó otra vez con Violeta. Pero a ésta no se le desprenderían ya sus ojos, en el instante en que le negó las ciruelas. Aún ahora, al encontrarla, los creía ver iguales.

— Esto casi insignificante conmovió mis nueve años.

Alfonso hubiera querido besarte las manos lentamente, mas, por momentos, cruzaban presencias tras los encajes de las cortinas.

— A la misma edad también yo tuve una conmoción. No como la tuya, lección de amor, aunque dura,

— ¡Pero allá adentro el arriendo nos come vivos: los dueños de casa son peor que las ratas del muladar!

 

Al anochecer, al alejarse las carretas, estallaba la lucha por la basura recién volcada, que traía más vida. La quemazón alumbraba azufrada, electrizada, rojiza. Los chanchos, arqueando el lomo, gruñendo, peleaban a mordiscos con los perros. Un anciano de cara de santo, a cuyas barbas y calva sólo faltaba un halo, sentado sobre su alforja, roía un hueso.


Demetrio Aguilera Malta 

(1909-1981)

ecuatoriano-guayaquileño

"Don Goyo"

Temprano habían clavado las estacas de mangle, sobre el lodo cambiante del estero. Con los cuerpos desnudos, medio peces, medio hombres, chorreantes, magníficos, eran iguales que nuevos mangles gateados y nudosos.
El sol daba incendio de paleta a las vibrátiles espaldas. Las redes multiformes, parecían abrazarlos, en rotundas ansias de fecundación. El agua les brindaba sus espumas y sus olas. Las canoas brincaban, como potros indómitos.
Ellos clavaron, amarraron y se fueron.
La piola de las redes quedó esperando en el fondo. El aguaje rugió. Las olas se empinaron. Remolinos de peces -en vueltas de inconsciencia- se metieron al estero. Los mangles se inclinaron. Un tío-tío, pareció reír. El sol -crustáceo de oro. reclinó sus tenazas de fuego sobre la nuca de los árboles.
Ahora estaban desnudos otra vez. Hundidos en el agua, nadando -más peces que hombres- levantaban las redes sobre el nivel del agua. Las estiraban, formando una barrera para evitar la huida súbita del pez.
Habló el más viejo de los dos:
-¿Has echado el barbasco?
-Todavía no.
-¿Y qué esperas entonces? ¿Que algún catanudo nos rompa las redes?
¡Apúrate! Tú sabes: "Camarón que se duerme... se lo lleva la corriente".
-Ya voy!
Se encaramó en las ñangas con una agilidad de simio. Se asió de las ramas flexibles. Pisó indiferente las conchas filudas y los caracoles taciturnos. Se internó, siguiendo el curso del estero tapado. Y entonces, sí. Regó la masa amarillenta de la fruta traicionera: el barbasco que intoxica en segundos. Se inclinó sobre el agua, sacudiendo de vez en cuando el cuerpo salpicado de nubes de gegenes y güitifes.
-¡Caray que está oscuro!
Haciendo un gran esfuerzo, apenas distinguía ciertos vetazos del raicero, uno que otro platear de lisas cabezonas, los brincos luminosos de las rayas agonizantes, la fosforescencia de los recovecos del fango.
-El barbasco los está fregando.
Sentía un poco de angustia, un no sé qué de temor. Pensó, de repente, que hacía mal en matarlos. No los podría ni aprovechar. Era demasiado. Con la pesca que recogieran esa noche tenía para mandar a Guayaquil una canoada. Lo demás quedaría allí pudriéndose, alejando a las especies más preciadas y ricas. Por otra parte, el barbasco no respeta. A todos -igual a los chicos que a los grandes- les sacudiría las rojas agallas y, al final, los mataría. Y no sólo a los peces: a las jaibas, a los ostiones, a las patas de mula, a las conchaprietas, a los mejillones, a las lloronas. 

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